jueves, 29 de diciembre de 2016

En realidad todo y nada al mismo tiempo

Ver una película y que se te remueva la vida. Supongo que tristemente es algo normal cuando ya llevas media vida intentando engañarte a ti mismo con la idea de que la vida no se trata solo de conformarse, de acostumbrarse al cambio (más bien a la ausencia de), de aguantar y dejar que la vida se nos escape entre los dedos. El problema es que aún no llevo ni media vida. Solo son 19.

El caso es que he visto una película y se me ha removido. Todo. La recomendaré, a pesar de ello, porque creo que la película es buena de verdad y porque la actriz, la actriz es maravillosa. Realmente la película era buena pero hay veces que las cosas sencillamente te tocan, porque sí, sin necesitar en realidad una razón aparente y hay veces que lo que para otro es solamente una estación de tren, una niña comiéndose un caramelo o una película, para uno es mucho más. En realidad no es la película y todo es la película al mismo tiempo. En realidad dan igual las escenas en el tren, la mirada de ella, la lluvia, su manera de dibujar, esa maldita libreta que llevaba a todas partes… Todo eso da igual.

Pero de repente estás viendo una película y de repente te das cuenta de que te has equivocado en todo, de que no sabes dónde tienes que estar pero sabes que no estás en el lugar adecuado. Y es que, de nuevo, esto no es para mí. Es tan sencillo y a la vez tan difícil que se me hace cuesta arriba saber ya en lo que me equivoco.

No sé si me gustaría hablar con alguien. No creo. Nadie lo entendería. Y el intento de explicarlo sería demasiado difícil y demasiado absurdo y no llegaría a ninguna parte, tan solo, probablemente, a que me sintiera todavía más loca.

A lo mejor todo esto viene de la envidia, de la envidia que sentía por la chica del tren, de la envidia que sentí el otro día por aquella chica que salía del maldito casting. Probablemente no la cogieron, no me malinterpretéis, pero no la envidio por eso. Ella entró.

A veces me pregunto cuándo empezó todo a ir mal, pero no me gusta pensar mucho sobre eso. Me deprime saber que fue hace tanto tiempo. Hace casi dos años ya. Joder, parece que fue ayer y fue hace casi dos años. Yo ya no soy la misma de antes y lo peor es que creo que nadie se da cuenta. A veces no me doy cuenta ni yo. Cuando no pienso, cuando no pienso no me doy cuenta ni yo. Pero entonces veo una película.

Veo una película y empiezo a pensar que tal vez no deba de escuchar a “los demás”. “Los demás” también se equivocan. Tal vez “los demás” no tengan más razón que yo, pero tal vez “los demás” no sean ellos. Tal vez sean otra parte de mí. Tal vez estén tan dentro de mí que no tenerlos en cuenta sea imposible. 

martes, 25 de octubre de 2016

Es más difícil cuando es fácil

Me preguntaba cuándo acabaría. Consideraba ponerme a dieta y a estas alturas me hacía gracia que hubiera pensado, aunque solo fuera por un segundo, que aquello iba a ser la solución. Pero de verdad que lo habría dado todo en una noche como esa por saber cuándo acabaría, cuándo dejaría de pensar, cuándo me convertiría en una ovejita más y dejaría de intentar luchar contra lo inevitable.

Yo no iba a cambiar el mundo, ni iba a encontrar la receta de la felicidad eterna, ni iba a ser la primera lectora de los libros de autoayuda que se iba a aplicar el cuento. Sólo me faltaba resignarme. 

viernes, 30 de septiembre de 2016

No debería haberme sentado a cenar.

De verdad que ni siquiera debería haberme sentado. Acababa de llegar de estar unos días en casa de mi amigo José Luís y, como siempre, en el fondo estaba deseando irme a mi casa. Llevaba demasiado tiempo actuando. Tenía que actuar las 24 horas, fingir que me lo estaba pasando bien todo el rato, que no tenía la cabeza llena de preocupaciones y de mierda, en fin, parecer normal, ya sabes. Eso me cansa muchísimo y me irrita mucho a veces también. Estaba deseando llegar a casa hasta que llegué.

Porque entonces llegué y seguí actuando, porque entonces no estaba José Luís ni su madre, pero estaba la mía y mi hermana y estaba toda la presión de encajar, de “ser normal”, de ser todo lo que siempre había querido ser pero en realidad no era. No me gustaba salir y no me gustaba salir porque tenía que actuar. Era algo así como, qué sé yo, como sentir que no encaja una en ninguna parte y mirar a los ojos a tu mejor amigo y pensar que le contarías tantas cosas y saber que en el fondo no le importa porque en el fondo no le importa a nadie, ni siquiera a mí, el ochenta por ciento del tiempo. Pero entonces llega ese momento de colapso y alguien dice una tontería en la cocina o se rompe una taza que nunca habías notado pero que se convierte en algo valioso solo al romperse, una reliquia inalcanzable que ya no se puede recuperar, y todo explota.

Y ya no pude actuar y ya no me salía mentir y entonces me salía la rabia por los poros y se me formó un nudo en la garganta y las lágrimas amenazaron con dejarme en ridículo desde las esquinas de los ojos. Esa noche discutí mucho y callé mucho también, pero anduve de puntillas en el borde de la frontera entre la cordura y el desvaríe y mientras gritaba tonterías que en el fondo no significaban nada para mí intentaba librarme de toda la mierda que hacía que me dolieran las palabras al pasar por la garganta, anudada de historias que nunca terminan porque nunca empiezan. Miraba a los ojos de mis padres y por primera vez, en la vida creo, los vi hablar conmigo. Ya no discutían con una niña tonta que ha roto su juguete; intentaban hablar conmigo e incluso se preocupaban por lo atropelladas que iban mis palabras, por el grito ahogado que rasgaba algunas de ellas y hacía difícil que defendiera el que se suponía que era mi punto de vista. En realidad estaba pidiendo ayuda, gritando auxilio con cada cosa que no decía, pidiendo que me rescataran de aquel huracán que me zarandeaba y me hacía daño en las costillas.


Ellos intentaban hablar conmigo pero yo me di cuenta, mucho antes de lo que escribo, de que en realidad yo no hablaba con ellos. En realidad esa discusión no tenía nada que ver conmigo. En realidad solucionar aquel problema no iba a cambiar nada. Entonces lo supe. Seguía siendo una infeliz.

domingo, 7 de agosto de 2016

Eran algo más y yo era mucho más todavía

Esa noche habíamos salido a cenar. Mi madre había venido de la piscina de la comunidad con mi hermana y venía contenta. Se le notaba. Ella fue la que propuso que saliéramos y yo sugerí que fuéramos a comer sushi, porque de verdad me apetecía y porque hacía dos días que había terminado un examen y me había quedado con ganas de celebrarlo. Mi padre, que a esas horas del día ya formaba parte del hardware del ordenador, dijo que no vendría. No me sorprendió, solía hacer eso.

Durante años pensé que se escondía en el trabajo y se enterraba a sí mismo bajo demandas y escritos para huir de una vida que en realidad nunca había elegido y en él me vi reflejada, aunque yo solo tenía 18 años, y entré en una depresión silenciosa y camuflada que no me dejaba dormir por la noche y me obligaba a escribir un diario. De verdad me daba pena, pero ya no solo él, sino la vida en general. Era incapaz de mirar a los hombres y no sentir pena por ellos, pues sabía que más de la mayoría tenían un sueño frustrado detrás de la oreja. En realidad me pasaba cada vez que miraba a cualquiera que rondase los cincuenta años porque una parte de mí sabía que esa es una época en la vida en la que todo se tambalea. En realidad, mi padre y todos los hombres que miraban por la ventana en el autobús como si no se estuviera moviendo, me hacían darme cuenta de que aquello era inevitable.

Sabía que algún día me levantaría por la mañana y me daría cuenta de que mi vida ya no me pertenecía, que yo ya no sería aquella que una vez fui, que de todas maneras nunca había llegado a ser quien siempre había querido y que en cualquier caso, los sueños y los anhelos habían quedado ya lejos en la carrera de la vida. Porque el tiempo pasa y pasa para todos y los segundos se nos resbalan entre los dedos de las manos y el tiempo que queda, queda bajo la almohada, enterrado entre sueños y preocupaciones, lamentos de oportunidades ya perdidas.

Salimos a cenar sin él y fuimos andando porque el coche se había roto. Me hizo gracia que el coche estuviera roto porque tenía sentido sin tener ningún fundamento y porque como todo, son cosas que pasan. Nunca me había fijado en el camino que había recorrido tantas y tantas veces o quizá sí lo había hecho, probablemente cuando volvía borracha de la estación de tren, pero habría guardado esos pensamientos en algún rincón de la memoria y ahora emergían a la superficie como si les ahogara la espuma de las olas. Había una hilera de árboles, una sola hilera, de árboles altos y corrientes, nada especiales y ni siquiera bonitos, a la izquierda del camino separándolo del asfalto. A la derecha sólo había bloques de edificios: blancos, construidos, iguales, aburridos. Caminé por el centro de la acera, incapaz de apartar de la frente la idea de que esos árboles frente a esos bloques eran algo más y el hecho de que yo fuera andando en medio era mucho más todavía. Para mí, aquellos árboles eran lo que somos y los bloques lo que los demás queríamos que fuéramos. Los árboles habían sido plantados por hombres y regados por hombres, podados por hombres y cuidado por ellos, pero no dejaban de ser árboles y el primero era más alto y el segundo tenía las ramas dobladas y el último tenía el tronco amarillo. Los bloques eran todos iguales y tenías que acercarte a ver el número de metal sobre la puerta para saber de cuál de ellos estaban hablando. Eran tan blancos que parecía un rebaño de obejas. La colmena, ay, la colmena.

“¿Te has enterado de las fotos que ha puesto el alcalde en el centro de Sevilla? De verdad, este hombre cada vez me cae mejor.”


Intenté sacarle conversación a mi madre. Intenté hablar de algo con ella que no nos hiciera discutir. Pensaba que ella estaba de acuerdo conmigo en ese tema, que el amor es amor y sin que importe la forma es motivo de celebración. Ella no dijo nada. Miraba al suelo y asentía con la cabeza y mientras yo hablaba en realidad me preguntaba si lo que pasaba era que no estaba de acuerdo conmigo o si sencillamente no le interesaba. Quizá fuera una mezcla de ambos. 

jueves, 23 de junio de 2016

A la política en España y los candidatos a presidencia

En más de una ocasión he mantenido una conversación que me interesaba a medias. Solo a medias, porque la mentira aburre y la verdad aburre el doble, pero no puedo negar que a veces se encuentra uno a gente con la que merece la pena hablar. No son muchos y no siempre van vestidos con la ropa que a mí me gusta, pero existen (es verdad que a duras penas), pero están.

En más de una ocasión he hablado con gente que tenía una ideología completamente opuesta a la mía. En otra etapa de mi vida, lejana en la memoria pero no en el tiempo, habría pensando que estaban equivocados y que la razón la tenía yo. Ahora sé que no existe tal cosa, que la razón no la tiene nadie y que esa gente no estaba equivocada, solo era egoísta. ¿Cómo puedo yo decir quien está equivocado y quien tiene razón cuando no existe nada parecido, cuando no estamos hablando de Matemáticas sino de personas? ¿Cómo puedo pensar tan siquiera que la ideología política de unos es mejor que la de otros si yo misma pienso que la verdadera ideología política es inherente a la circunstancia de la persona en cuestión? Que una cosa es lo que se diga y otra cosa lo que se estaría dispuesto a hacer. Habla por los demás y deja que tus actos hablen por ti.

En esta ocasión, estábamos hablando de Política y estábamos hablando de Historia porque sabíamos que van de la mano, porque no tenía sentido hablar del futuro en el presente sin mirar al pasado. Todavía hay gente (cuya conversación no es tan interesante) que te salta con un “bueno, pero eso fue hace cincuenta años, las cosas ya han cambiado, estamos hablando de ahora” o el típico “bueno, pero eso nunca pasaría en España…” Lo primero es una tontería demasiado evidente, lo segundo una realidad incómoda que lleva a error en la mejor de las familias.

 “Eso nunca pasaría en España” lamentablemente solo puede aplicarse exitosamente en los casos buenos, porque el avance y el desarrollo nunca pasarían en España, porque España coge una excusa y la quema y luego utiliza la ceniza como excusa otra vez y luego se queja de que el monóxido de carbono le ha empañado las gafas. Pero en lo malo no, en lo malo no se cumple. Tiene el español el extraordinario don de imitar todo aquello despreciable, deseoso de seguir ocupando el puesto número uno en la lista de fracasos, envidioso de todo aquel que la pifia más sonoramente. La competición de la miseria, la sinvergüenza y la “picardía” la gana España siempre. Y el mundial de fútbol, eso también lo ganó una vez. La educación, la cultura, la honradez, las oportunidades, el apoyo a los emprendedores, la democracia efectiva… Eso son deportes de otra liga, pero bueno, yo creo que sabemos todos ya que España va bien jodida en esto del desarrollo.

Me gusta mirar atrás en la Historia, más bien lo necesito. Seré honesta, me gusta porque me lo estudié y porque lo sufrí y me encanta descubrir las siete mil millones de circunstancias diferentes en las que me ha sido útil, por eso me sorprende y me entristece tanto escuchar tantas y tantas veces que la Historia en los institutos no sirve para nada. Me entristece porque lo dicen mucho, y no solo aquellos de los que me espero cualquier burrada, sino personas que creía tenían más espíritu crítico. Luego pienso que quizá sea porque ellos no han tenido la suerte, a ratos la desgracia, de tener un profesor de Historia como el mío que trabajaba más que ningún otro, probablemente explicando la mitad. Recuerdo que odiaba las clases en las que explicaba las cosas. Al principio odiaba aquellas en las que no lo hacía pero luego me gustó eso de descubrir, de investigar, de leer en quinientos libros diferentes, de juzgar el origen, propósito, valor y limitación, de escuchar, de equivocarme… De aprender, al fin y al cabo. Y es que son tan pocos los colegios los que se acuerdan de eso, de que al final del día se trata de aprender, que cada día me siento más afortunada de haber estudiado en el mío.

Pero el caso no es mi colegio, del que tendría que escribir una tesis de seiscientos folios y no habría acabado de contar todo lo que aprendí, el caso era la política y la Historia. (Ojalá pudiera escribir política con mayúscula, como Historia y Filosofía y Medicina y Arte y el resto de patrimonio cultural, pero soy española y me da hasta vergüenza utilizar la mayúscula para eso.) El caso son las confluencias que más que confluencia me parece una eliminación de la oposición, el caso es un illuminati que va a arreglar España (espero que no diga que le basta con 900 horas de trabajo). El caso es la ineptitud de unos aspirantes a gobernantes que no han sabido gobernar. El caso es la falta de capacidad política, incompetencia en el debate, pésimo discurso y peor negociación. El caso es que ya no queda nada: Gobierno, partidos, autoridades, servicios públicos… Nada existe. Nadie está obligado a nada; nadie quiere ni puede exigirle a otro su obligación (Azaña, 2000, pág. 575). El caso es un rojo que se tiñe de azul (que casualmente da morado, espero que sea solo una caprichosa coincidencia). El caso es una ley electoral que no nos pertenece a nosotros y no procede en nuestro tiempo. El caso es que a España a falta de estudio no la gana nadie y eso se nota, arriba y abajo, desde el primero hasta el último.


¡Cómo me gustaría invitar a los señores candidatos a la presidencia a una clase de Historia de mi profesor! Que les explicase la dictadura del cirujano de hierro, la Segunda República, la guerra civil, el Franquismo, la Transición… Así que desde aquí les comunico a los señores candidatos que, aunque ellos no hagan nada por mí, aunque les importe todo una mierda, aunque recorten en lo que de verdad importa y se paseen en coches oficiales a terrazas para tomarse quinientas relaxing cups of café con leche (como si tuvieran algo de lo que relajarse) y no sean competentes ni para acordar quién va a formar gobierno (aunque sea entre relaxing cup y relaxing cup), que tengo un montón de apuntes de Historia de España y que si quieren se los presto (y sin intereses, vaya a ser que los desahucien de la Moncloa, ¡menudo disgusto!). Espero que tengan tiempo entre tanto viaje a Suiza y tanto blanqueo, tanta mentira y falso compromiso y que se sienten a leer, aunque solo sea un poquito. Seguro que descubren un montón de cosas. 

martes, 26 de abril de 2016

Sin rastro

Aquella noche me senté en la mesa con la idea de levantarme lo antes posible. Llevaba toda la tarde estudiando letras, palabras, párrafos enteros que me aterrorizaban, que en realidad no significaban nada para mí. Pero sentarme a estudiar todo aquello era más fácil que arriesgarse a la decepción.

Mi madre se sentó en frente y me sonrío como si no me conociera. Entonces me di cuenta de que nunca me había parado a mirarla.

La estuve observando durante toda la cena. Ella se ocupaba de que todos nuestros platos tuvieran un poco de todo lo que ella misma había puesto en la mesa, preparado con sus propias manos. Comía en silencio, sin dejar de mirar todas las esquinas y yo me preguntaba qué pasaba por su cabeza.

Durante años había dado por hecho que mi madre era mi madre y que lo que sabía de ella era suficiente, pero cuanto más la miraba, más me daba cuenta de lo poco que en realidad conocía a esa mujer. Me preguntaba si ella también pensaba las mismas cosas que pensaba yo, si comía en silencio porque no quería pensar, si para ella también fue más fácil vivir que reflexionar. ¿Qué estamos haciendo, mamá?, le habría dicho, ¿Por qué todo el mundo habla y nadie dice nada?

Fue como un espejo. Ella miró para arriba y me dio una sonrisa triste desde detrás de la copa de vino. Odié esa sonrisa. Durante todos los días que vinieron después me persiguió hasta que yo misma desaparecí. Ella también lo sabía. 

Me miré en ella y entonces lo vi. El salón de mi casa se transformó delante de mí y los niños de la mesa eran otros, parecidos pero distintos, y el hombre sentado al lado de mi madre ya no era mi padre, pero tampoco era demasiado diferente. Y como espuma cambiaban sus caras y sus manos y su forma de hablar y primero fueron españoles y luego británicos y luego franceses y yo seguía sentada en aquella mesa, mirando a una mujer que ya no solo era mi madre, que ahora era mucho más.

Nunca supe por qué, de repente aquella noche, ella me pareció diferente, pero desde entonces nunca volvió a ser la misma. Intentaba buscar en ella algo que no sabía identificar, no sabía si quería encontrarlo, ni siquiera sabía lo que estaba buscando pero tenía que estar ahí. Intentaba verla como una mujer, imaginármela con un vestido largo de seda rojo o desnuda o con un traje de novia, pero todo lo que veía era esa mujer en pantalones negros que se paseaba por mi casa y se preocupada por mí.

No había ni rastro de ella. No encontré en aquellos ojos que ahora miraban el cristal ni una pizca de entusiasmo. Lo más duro fue que no encontré tristeza tampoco, ni frustración, ni enfado, ni odio, ni siquiera asco o resignación. Nada. En esos ojos no había nada.

Por eso me enfadé. Me levanté de la mesa, le tiré el plato lleno de comida y me fui al baño a vomitar. Vomité todo lo que no había comido en esos días de estudio sin sentido y escuché a mi madre recoger el plato y excusarme de la mesa. Ella sabía que no estaba bien.

Cuando me miré al espejo todavía tenía los labios manchados y las venas marcadas bajo los ojos. Parecía un dibujo de Tim Burton. Sentí la necesidad de romper ese espejo también, de deshacerme de una imagen tan espeluznante. No lo hice, por supuesto, pero no porque fuera supersticiosa o porque considerase la lata que sería tener un espejo roto en el baño, sino porque era lo bastante frívola como para saber que romper un espejo no iba a solucionar nada.

Mi madre era una mentirosa. Y yo había roto un plato y había venido aquí a vomitar por lo desastroso que era el mundo, porque el que movía las cuerdas de mi marioneta las movía muy fuerte y me hacía daño en las muñecas, porque no podía soportar las náuseas del naufragio. Mi madre era una mentirosa.

Igual que yo.


Cuadro de Ivan Alifan 

martes, 5 de abril de 2016

Christina's World y el miedo de no llegar a la casa



Durante todo un cuatrimestre estuve pensando acerca de eso. Las dudas sólo se multiplicaban. Tomaba una decisión sin fisuras, casi de acero, a las dos y media de la mañana de un lunes cualquiera solo para volver a romperla en mil pedazos la mañana siguiente. Lo que ayer era de acero hoy es sólo de cristal. Con manos temblorosas de recién nacido trataba de esconder la decisión debajo de la alfombra y seguía ignorando que todas mis conexiones neuronales estaban liadas en un nudo gigante en el centro de mi cerebro, que estudiaría el año siguiente. No te tortures más, no pienses sobre eso ahora, me decía a mí misma tragándome el nudo en la garganta. Y una vez más confirmaba empíricamente que la mente humana tiende a volverse idiota, a ignorar el elefante en el baño y el fuego en la habitación, a pensar que ignorar un problema durante un tiempo suficientemente largo lo hará desaparecer. Pero no desaparece, si acaso se hace más grande. Si no apagas el fuego, te quemas.

Durante todo un cuatrimestre estuve intentando convencerme a mí misma de que se podía elegir lo que te hacía feliz. Intentaba imaginar mi personalidad como una pieza de mármol y con manos reumatoides trataba de tallar lo que creía sería el David de Miguel Ángel. Mi hermana hablaba del amor linterna en la cocina y yo pensaba que también podría existir una linterna para las vocaciones. Intentaba disfrutar, intentaba que me gustara y pensaba que si lo intentaba lo suficientemente fuerte al final lo conseguiría.

Pero entonces el profesor de Anatomía hablaba de tal enfermedad en clase y yo sentía una indiferencia tan absoluta que me hacía sentir culpable. No me malinterpretéis, me interesan ese tipo de cosas y la Medicina siempre me ha parecido una carrera maravillosa, preciosa y sin duda respetable. Es sólo que no es particularmente mi taza de té, como diría en otro idioma con el que quizá me sienta más cómoda que con el mío propio porque yo lo elegí y porque la que piensa en inglés es otra sin dejar de ser yo misma. Pero esa es otra historia de la que quizá hablaré otro día.

Lo importante ahora es que el profesor de Anatomía hablaba de enfermedades, hablaba de los futuros pacientes que vendrían a nuestras futuras consultas y  de cómo nosotros con nuestras batas de médicos y nuestras manos de médicos diagnosticaríamos a esas personas, les daríamos medicinas, con suerte salvaríamos alguna vida. Solo la idea me daba ganas de vomitar. Miraba a mis compañeros y a mi alrededor en clase solo veía caras jóvenes que brillaban de ilusión. Ojalá los hubierais visto. Solo el brillo en sus ojos podía iluminar una habitación.

Eso me daba miedo. Yo estaba acojonada y ellos estaban allí sentados escuchando las palabras que decía aquel señor y soñando con ser los doctores de sus pacientes. Médicos. El profesor seguía hablando y seguía contando la historia de la vida que nos quedaba por vivir. Lo hacía como si estuviera leyendo un cuento a una clase de críos y eso me daba miedo. Sentía como el corazón se me aceleraba y me empezaban a sudar las manos. Faltaba el aire, la luz pesaba, era verdad. Ese señor estaba diciendo la verdad.

Yo me sentaba allí y lo escuchaba mientras los ojos se me abrían un milímetro más cada vez que un paciente nuevo entraba en aquella consulta imaginaria que el profesor había construido con palabras en medio de la sala. Estaba segura de que yo era la única que podía verla. Mi imaginación, a fuerza de leer trabajada, me permitía extraerme de aquella realidad inventada para ser una espectadora de mi futuro. Tenía un sitio reservado al lado de mi madre para ver aquella película por la que ni siquiera habría pagado un asiento en el cine. Me asustaba mucho pensar que esa mujer, médico, iba a ser yo. Mi madre sonreía. Una parte de mí se sentía como una versión femenina y barata de Augusto y casi podía ver el libro gigante cayendo sobre mí. Parecían los efectos especiales de la película francesa con menor presupuesto del mundo. Alguien había escrito mi historia y a mí no me gustaba.

¿Por qué mis compañeros no tenían miedo como yo? ¿Por qué a ellos les gustaba la idea de pasear en hospitales en bata blanca? ¿Por qué no podían esperar para comprarse un maldito fonendo? A mí todo eso me parecía repulsivo, frívolo, casi macabro. En cambio a ellos parecía fascinarles, parecían monos de feria mirando peces de colores y yo sólo sentía envidia por ellos y por esa agitación y esa sonrisa nerviosa que aparecía cuando alguien hablaba de una enfermedad. Yo no podía encontrar la ilusión por ninguna parte. Me sentía mayor. No me sentía mejor. Pero una parte de mí sabía que yo no encajaba ahí, que las paredes blancas con olor a antiséptico no eran mi lugar en el mundo.

El hospital estaba al lado de la facultad y al salir de clases siempre veíamos algún médico saliendo intercambiando un saludo cordial con otro que entraba, un empleado sanitario con ropa de quirófano fumando el clásico cigarrillo de después de operar a corazón abierto, enfermos bajando las escaleras. Siempre he pensado que el hospital estaba ahí para motivar a los estudiantes de Medicina y tener esa certeza solo me daba más miedo. Veía mi futuro justo delante de mí todos los días a las doce y aunque lo intentaba no encontraba ni una pizca de entusiasmo. Aquello no me gustaba.

Entonces llegaba a casa y aprendía a leer poesía. Leía teatro y sin querer interpretaba todos los personajes. Aprendía sobre Edward Hopper y Leonardo Da Vinci, Pablo Picasso y Andrew Wyeth. Leía todo lo que caía en mis manos acerca de arte. Todo. Me entretenía subrayando Las Edades de Lulú y trataba de entender Emily Brontë en versión original. Y veía cuadros, veía muchos cuadros. La Sagrada Familia del Pajarito,  Las Meninas, La Joven de la Perla, Sol Naciente… Estudiaba cuadros. Noche Estrellada sobre el Ródano, La Persistencia de la Memoria, Morning Sun. Me obsesionaba con cuadros. Mouline de la Galette, The Card Players, Fishermen at Sea. Me volvía loca con ellos. Saturno Devorando a Sus Hijos, Masqueraders, Christina’s World, Nightawks… Y dentro de mí sentía lo que veía en la cara de mis compañeros de clase frente la consulta imaginaria del profesor de Anatomía.

Nadie lo entendía. Trataba de hablar de arte, de lo que significaba el arte, con mis compañeros, con mis amigos, con mis padres… Nadie lo entendía. Me sentía mayor. No me sentía mejor. Pero una parte de mí sabía que debía vivir lejos, que yo no encajaba ahí, que las paredes blancas con olor a antiséptico no eran mi lugar en el mundo.

Quizás debería haberme tirado a la piscina. Quizás debería haberlo intentado desde el primer momento. Quizás debería haberme escuchado a mí, dejar todo el mundo fuera y tratar de desenrollar mi lio de conexiones neuronales. Al fin y al cabo era mi vida.

Trataba de fingir que trataba de entender por qué lo había hecho. Me convencía a mí misma de que me habían presionado hasta llorar para que echase la matrícula para Medicina y no para Historia del Arte y lo gritaba, lo gritaba y lo lloraba mucho, porque a veces el lío de conexiones neuronales presionaba no sé que otros nervios en mi cerebro que de alguna manera me hacían estallar.

Me gustaba culpar a los demás y me gustaba fingir que no sabía del todo por qué lo había hecho, pero cuanto más miraba a Christina en aquel cuadro de Wyeth, cuanto más me concentraba en la mano que en el césped soñaba con la casa, cuanto más memorizaba los tres pelos sueltos que Wyeth había dejado caer de su cabeza, más clara retumbaba en mi cabeza la única repulsiva, fría, casi macabra razón.

En el intento más cobarde de eludir elecciones había elegido Medicina porque si estudiaba lo que los demás pensaban que tenía que estudiar y al final fracasaba, siempre tendría a alguien a quien culpar injusta, inmadura y vilmente. El fracaso no sería mío. No habría desilusiones porque para mí nunca hubo ilusión. Nada se rompería en mil pedazos si las cosas no salían según el plan porque en realidad nunca hubo nada que romper. Las cosas por las que no se lucha con ilusión no pueden fracasar. El fracaso necesita el anhelo. Por otro lado, a la parte más deprimente del tétrico David de Miguel Ángel que andaba esculpiendo de alguna manera le fascinaba la morbosa idea de que el fracaso sería para mí una amarga victoria. Yo tenía razón. 

Pero si estudiaba aquello por lo que solo yo apostaba, si me armaba de valor y creía en mí, si nadaba a contracorriente mientras todos los demás esperaban sentados con sonrisas viles el momento de decir ya te lo dije, y al final fracasaba, solo podría culparme a mí.

Sería a la vez la autora y la responsable del fracaso más doloroso, anunciado y áspero de mi historia y sabía que esa vivencia se quedaría clavada muy dentro de mí, amarga, mezquina, ácida, ardiendo. Y eso sí que me daba miedo. 



Paola Beato