Durante todo un cuatrimestre estuve pensando acerca de eso. Las dudas sólo se multiplicaban. Tomaba una decisión sin fisuras, casi de acero, a las dos y media de la mañana de un lunes cualquiera solo para volver a romperla en mil pedazos la mañana siguiente. Lo que ayer era de acero hoy es sólo de cristal. Con manos temblorosas de recién nacido trataba de esconder la decisión debajo de la alfombra y seguía ignorando que todas mis conexiones neuronales estaban liadas en un nudo gigante en el centro de mi cerebro, que estudiaría el año siguiente. No te tortures más, no pienses sobre eso ahora, me decía a mí misma tragándome el nudo en la garganta. Y una vez más confirmaba empíricamente que la mente humana tiende a volverse idiota, a ignorar el elefante en el baño y el fuego en la habitación, a pensar que ignorar un problema durante un tiempo suficientemente largo lo hará desaparecer. Pero no desaparece, si acaso se hace más grande. Si no apagas el fuego, te quemas.
Durante todo un cuatrimestre estuve intentando convencerme a mí misma de
que se podía elegir lo que te hacía feliz. Intentaba imaginar mi personalidad
como una pieza de mármol y con manos reumatoides trataba de tallar lo que creía
sería el David de Miguel Ángel. Mi hermana hablaba del amor linterna en la
cocina y yo pensaba que también podría existir una linterna para las
vocaciones. Intentaba disfrutar, intentaba que me gustara y pensaba que si lo
intentaba lo suficientemente fuerte al final lo conseguiría.
Pero entonces el profesor de Anatomía hablaba de tal enfermedad en clase y
yo sentía una indiferencia tan absoluta que me hacía sentir culpable. No me
malinterpretéis, me interesan ese tipo de cosas y la Medicina siempre me ha
parecido una carrera maravillosa, preciosa y sin duda respetable. Es sólo que
no es particularmente mi taza de té, como diría en otro idioma con el que quizá
me sienta más cómoda que con el mío propio porque yo lo elegí y porque la que
piensa en inglés es otra sin dejar de ser yo misma. Pero esa es otra historia
de la que quizá hablaré otro día.
Lo importante ahora es que el profesor de Anatomía hablaba de enfermedades,
hablaba de los futuros pacientes que vendrían a nuestras futuras consultas
y de cómo nosotros con nuestras batas de
médicos y nuestras manos de médicos diagnosticaríamos a esas personas, les
daríamos medicinas, con suerte salvaríamos alguna vida. Solo la idea me daba
ganas de vomitar. Miraba a mis compañeros y a mi alrededor en clase solo veía
caras jóvenes que brillaban de ilusión. Ojalá los hubierais visto. Solo el
brillo en sus ojos podía iluminar una habitación.
Eso me daba miedo. Yo estaba acojonada y ellos estaban allí sentados
escuchando las palabras que decía aquel señor y soñando con ser los doctores de
sus pacientes. Médicos. El profesor seguía hablando y seguía contando la
historia de la vida que nos quedaba por vivir. Lo hacía como si estuviera
leyendo un cuento a una clase de críos y eso me daba miedo. Sentía como el
corazón se me aceleraba y me empezaban a sudar las manos. Faltaba el aire, la
luz pesaba, era verdad. Ese señor estaba diciendo la verdad.
Yo me sentaba allí y lo escuchaba mientras los ojos se me abrían un
milímetro más cada vez que un paciente nuevo entraba en aquella consulta
imaginaria que el profesor había construido con palabras en medio de la sala.
Estaba segura de que yo era la única que podía verla. Mi imaginación, a fuerza
de leer trabajada, me permitía extraerme de aquella realidad inventada para ser
una espectadora de mi futuro. Tenía un sitio reservado al lado de mi madre para
ver aquella película por la que ni siquiera habría pagado un asiento en el
cine. Me asustaba mucho pensar que esa mujer, médico, iba a ser yo. Mi madre
sonreía. Una parte de mí se sentía como una versión femenina y barata de
Augusto y casi podía ver el libro gigante cayendo sobre mí. Parecían los
efectos especiales de la película francesa con menor presupuesto del mundo.
Alguien había escrito mi historia y a mí no me gustaba.
¿Por qué mis compañeros no tenían miedo como yo? ¿Por qué a ellos les
gustaba la idea de pasear en hospitales en bata blanca? ¿Por qué no podían
esperar para comprarse un maldito fonendo? A mí todo eso me parecía repulsivo,
frívolo, casi macabro. En cambio a ellos parecía fascinarles, parecían monos de
feria mirando peces de colores y yo sólo sentía envidia por ellos y por esa
agitación y esa sonrisa nerviosa que aparecía cuando alguien hablaba de una
enfermedad. Yo no podía encontrar la ilusión por ninguna parte. Me sentía
mayor. No me sentía mejor. Pero una parte de mí sabía que yo no encajaba ahí,
que las paredes blancas con olor a antiséptico no eran mi lugar en el mundo.
El hospital estaba al lado de la facultad y al salir de clases siempre
veíamos algún médico saliendo intercambiando un saludo cordial con otro que
entraba, un empleado sanitario con ropa de quirófano fumando el clásico
cigarrillo de después de operar a corazón abierto, enfermos bajando las
escaleras. Siempre he pensado que el hospital estaba ahí para motivar a los
estudiantes de Medicina y tener esa certeza solo me daba más miedo. Veía mi
futuro justo delante de mí todos los días a las doce y aunque lo intentaba no
encontraba ni una pizca de entusiasmo. Aquello no me gustaba.
Entonces llegaba a casa y aprendía a leer poesía. Leía teatro y sin querer
interpretaba todos los personajes. Aprendía sobre Edward Hopper y Leonardo Da
Vinci, Pablo Picasso y Andrew Wyeth. Leía todo lo que caía en mis manos acerca
de arte. Todo. Me entretenía subrayando Las
Edades de Lulú y trataba de entender Emily Brontë en versión original. Y
veía cuadros, veía muchos cuadros. La
Sagrada Familia del Pajarito, Las
Meninas, La Joven de la Perla, Sol Naciente… Estudiaba cuadros. Noche Estrellada sobre el Ródano, La
Persistencia de la Memoria, Morning Sun. Me obsesionaba con cuadros. Mouline de la Galette, The Card Players, Fishermen
at Sea. Me volvía loca con ellos. Saturno
Devorando a Sus Hijos, Masqueraders, Christina’s World, Nightawks… Y dentro
de mí sentía lo que veía en la cara de mis compañeros de clase frente la consulta
imaginaria del profesor de Anatomía.
Nadie lo entendía. Trataba de hablar de arte, de lo que significaba el arte,
con mis compañeros, con mis amigos, con mis padres… Nadie lo entendía. Me
sentía mayor. No me sentía mejor. Pero una parte de mí sabía que debía vivir
lejos, que yo no encajaba ahí, que las paredes blancas con olor a antiséptico
no eran mi lugar en el mundo.
Quizás debería haberme tirado a la piscina. Quizás debería haberlo
intentado desde el primer momento. Quizás debería haberme escuchado a mí, dejar
todo el mundo fuera y tratar de desenrollar mi lio de conexiones neuronales. Al
fin y al cabo era mi vida.
Trataba de fingir que trataba de entender por qué lo había hecho. Me
convencía a mí misma de que me habían presionado hasta llorar para que echase
la matrícula para Medicina y no para Historia del Arte y lo gritaba, lo gritaba
y lo lloraba mucho, porque a veces el lío de conexiones neuronales presionaba
no sé que otros nervios en mi cerebro que de alguna manera me hacían estallar.
Me gustaba culpar a los demás y me gustaba fingir que no sabía del todo por
qué lo había hecho, pero cuanto más miraba a Christina en aquel cuadro de
Wyeth, cuanto más me concentraba en la mano que en el césped soñaba con la
casa, cuanto más memorizaba los tres pelos sueltos que Wyeth había dejado caer
de su cabeza, más clara retumbaba en mi cabeza la única repulsiva, fría, casi macabra
razón.
En el intento más cobarde de eludir elecciones había elegido Medicina
porque si estudiaba lo que los demás pensaban que tenía que estudiar y al final
fracasaba, siempre tendría a alguien a quien culpar injusta, inmadura y
vilmente. El fracaso no sería mío. No habría desilusiones porque para mí nunca
hubo ilusión. Nada se rompería en mil pedazos si las cosas no salían según el
plan porque en realidad nunca hubo nada que romper. Las cosas por las que no se
lucha con ilusión no pueden fracasar. El fracaso necesita el anhelo. Por otro
lado, a la parte más deprimente del tétrico David de Miguel Ángel que andaba
esculpiendo de alguna manera le fascinaba la morbosa idea de que el fracaso
sería para mí una amarga victoria. Yo tenía razón.
Pero si estudiaba aquello
por lo que solo yo apostaba, si me armaba de valor y creía en mí, si nadaba a
contracorriente mientras todos los demás esperaban sentados con sonrisas viles
el momento de decir ya te lo dije, y
al final fracasaba, solo podría culparme a mí.
Sería a la vez la autora
y la responsable del fracaso más doloroso, anunciado y áspero de mi historia y
sabía que esa vivencia se quedaría clavada muy dentro de mí, amarga, mezquina, ácida,
ardiendo. Y eso sí que me daba miedo.
Paola Beato