Aquella noche me senté en la mesa
con la idea de levantarme lo antes posible. Llevaba toda la tarde estudiando
letras, palabras, párrafos enteros que me aterrorizaban, que en realidad no
significaban nada para mí. Pero sentarme a estudiar todo aquello era más fácil
que arriesgarse a la decepción.
Mi madre se sentó en frente y me
sonrío como si no me conociera. Entonces me di cuenta de que nunca me había
parado a mirarla.
La estuve observando durante toda la
cena. Ella se ocupaba de que todos nuestros platos tuvieran un poco de todo lo
que ella misma había puesto en la mesa, preparado con sus propias manos. Comía
en silencio, sin dejar de mirar todas las esquinas y yo me preguntaba qué pasaba
por su cabeza.
Durante años había dado por hecho
que mi madre era mi madre y que lo que sabía de ella era suficiente, pero
cuanto más la miraba, más me daba cuenta de lo poco que en realidad conocía a
esa mujer. Me preguntaba si ella también pensaba las mismas cosas que pensaba
yo, si comía en silencio porque no quería pensar, si para ella también fue más
fácil vivir que reflexionar. ¿Qué estamos
haciendo, mamá?, le habría dicho, ¿Por
qué todo el mundo habla y nadie dice nada?
Fue como un espejo. Ella miró para
arriba y me dio una sonrisa triste desde detrás de la copa de vino. Odié esa
sonrisa. Durante todos los días que vinieron después me persiguió hasta que yo
misma desaparecí. Ella también lo sabía.
Me miré en ella y entonces lo vi. El
salón de mi casa se transformó delante de mí y los niños de la mesa eran otros,
parecidos pero distintos, y el hombre sentado al lado de mi madre ya no era mi
padre, pero tampoco era demasiado diferente. Y como espuma cambiaban sus caras
y sus manos y su forma de hablar y primero fueron españoles y luego británicos
y luego franceses y yo seguía sentada en aquella mesa, mirando a una mujer que
ya no solo era mi madre, que ahora era mucho más.
Nunca supe por qué, de repente
aquella noche, ella me pareció diferente, pero desde entonces nunca volvió a
ser la misma. Intentaba buscar en ella algo que no sabía identificar, no sabía
si quería encontrarlo, ni siquiera sabía lo que estaba buscando pero tenía que
estar ahí. Intentaba verla como una mujer, imaginármela con un vestido largo de
seda rojo o desnuda o con un traje de novia, pero todo lo que veía era esa
mujer en pantalones negros que se paseaba por mi casa y se preocupada por mí.
No había ni rastro de ella. No
encontré en aquellos ojos que ahora miraban el cristal ni una pizca de
entusiasmo. Lo más duro fue que no encontré tristeza tampoco, ni frustración, ni
enfado, ni odio, ni siquiera asco o resignación. Nada. En esos ojos no había
nada.
Por eso me enfadé. Me levanté de la
mesa, le tiré el plato lleno de comida y me fui al baño a vomitar. Vomité todo
lo que no había comido en esos días de estudio sin sentido y escuché a mi madre
recoger el plato y excusarme de la mesa. Ella sabía que no estaba bien.
Cuando me miré al espejo todavía
tenía los labios manchados y las venas marcadas bajo los ojos. Parecía un
dibujo de Tim Burton. Sentí la necesidad de romper ese espejo también, de
deshacerme de una imagen tan espeluznante. No lo hice, por supuesto, pero no
porque fuera supersticiosa o porque considerase la lata que sería tener un
espejo roto en el baño, sino porque era lo bastante frívola como para saber que
romper un espejo no iba a solucionar nada.
Mi madre era una mentirosa. Y yo
había roto un plato y había venido aquí a vomitar por lo desastroso que era el
mundo, porque el que movía las cuerdas de mi marioneta las movía muy fuerte y
me hacía daño en las muñecas, porque no podía soportar las náuseas del
naufragio. Mi madre era una mentirosa.
Igual que yo.
Igual que yo.
Cuadro de Ivan Alifan

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