martes, 26 de abril de 2016

Sin rastro

Aquella noche me senté en la mesa con la idea de levantarme lo antes posible. Llevaba toda la tarde estudiando letras, palabras, párrafos enteros que me aterrorizaban, que en realidad no significaban nada para mí. Pero sentarme a estudiar todo aquello era más fácil que arriesgarse a la decepción.

Mi madre se sentó en frente y me sonrío como si no me conociera. Entonces me di cuenta de que nunca me había parado a mirarla.

La estuve observando durante toda la cena. Ella se ocupaba de que todos nuestros platos tuvieran un poco de todo lo que ella misma había puesto en la mesa, preparado con sus propias manos. Comía en silencio, sin dejar de mirar todas las esquinas y yo me preguntaba qué pasaba por su cabeza.

Durante años había dado por hecho que mi madre era mi madre y que lo que sabía de ella era suficiente, pero cuanto más la miraba, más me daba cuenta de lo poco que en realidad conocía a esa mujer. Me preguntaba si ella también pensaba las mismas cosas que pensaba yo, si comía en silencio porque no quería pensar, si para ella también fue más fácil vivir que reflexionar. ¿Qué estamos haciendo, mamá?, le habría dicho, ¿Por qué todo el mundo habla y nadie dice nada?

Fue como un espejo. Ella miró para arriba y me dio una sonrisa triste desde detrás de la copa de vino. Odié esa sonrisa. Durante todos los días que vinieron después me persiguió hasta que yo misma desaparecí. Ella también lo sabía. 

Me miré en ella y entonces lo vi. El salón de mi casa se transformó delante de mí y los niños de la mesa eran otros, parecidos pero distintos, y el hombre sentado al lado de mi madre ya no era mi padre, pero tampoco era demasiado diferente. Y como espuma cambiaban sus caras y sus manos y su forma de hablar y primero fueron españoles y luego británicos y luego franceses y yo seguía sentada en aquella mesa, mirando a una mujer que ya no solo era mi madre, que ahora era mucho más.

Nunca supe por qué, de repente aquella noche, ella me pareció diferente, pero desde entonces nunca volvió a ser la misma. Intentaba buscar en ella algo que no sabía identificar, no sabía si quería encontrarlo, ni siquiera sabía lo que estaba buscando pero tenía que estar ahí. Intentaba verla como una mujer, imaginármela con un vestido largo de seda rojo o desnuda o con un traje de novia, pero todo lo que veía era esa mujer en pantalones negros que se paseaba por mi casa y se preocupada por mí.

No había ni rastro de ella. No encontré en aquellos ojos que ahora miraban el cristal ni una pizca de entusiasmo. Lo más duro fue que no encontré tristeza tampoco, ni frustración, ni enfado, ni odio, ni siquiera asco o resignación. Nada. En esos ojos no había nada.

Por eso me enfadé. Me levanté de la mesa, le tiré el plato lleno de comida y me fui al baño a vomitar. Vomité todo lo que no había comido en esos días de estudio sin sentido y escuché a mi madre recoger el plato y excusarme de la mesa. Ella sabía que no estaba bien.

Cuando me miré al espejo todavía tenía los labios manchados y las venas marcadas bajo los ojos. Parecía un dibujo de Tim Burton. Sentí la necesidad de romper ese espejo también, de deshacerme de una imagen tan espeluznante. No lo hice, por supuesto, pero no porque fuera supersticiosa o porque considerase la lata que sería tener un espejo roto en el baño, sino porque era lo bastante frívola como para saber que romper un espejo no iba a solucionar nada.

Mi madre era una mentirosa. Y yo había roto un plato y había venido aquí a vomitar por lo desastroso que era el mundo, porque el que movía las cuerdas de mi marioneta las movía muy fuerte y me hacía daño en las muñecas, porque no podía soportar las náuseas del naufragio. Mi madre era una mentirosa.

Igual que yo.


Cuadro de Ivan Alifan 

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