viernes, 30 de septiembre de 2016

No debería haberme sentado a cenar.

De verdad que ni siquiera debería haberme sentado. Acababa de llegar de estar unos días en casa de mi amigo José Luís y, como siempre, en el fondo estaba deseando irme a mi casa. Llevaba demasiado tiempo actuando. Tenía que actuar las 24 horas, fingir que me lo estaba pasando bien todo el rato, que no tenía la cabeza llena de preocupaciones y de mierda, en fin, parecer normal, ya sabes. Eso me cansa muchísimo y me irrita mucho a veces también. Estaba deseando llegar a casa hasta que llegué.

Porque entonces llegué y seguí actuando, porque entonces no estaba José Luís ni su madre, pero estaba la mía y mi hermana y estaba toda la presión de encajar, de “ser normal”, de ser todo lo que siempre había querido ser pero en realidad no era. No me gustaba salir y no me gustaba salir porque tenía que actuar. Era algo así como, qué sé yo, como sentir que no encaja una en ninguna parte y mirar a los ojos a tu mejor amigo y pensar que le contarías tantas cosas y saber que en el fondo no le importa porque en el fondo no le importa a nadie, ni siquiera a mí, el ochenta por ciento del tiempo. Pero entonces llega ese momento de colapso y alguien dice una tontería en la cocina o se rompe una taza que nunca habías notado pero que se convierte en algo valioso solo al romperse, una reliquia inalcanzable que ya no se puede recuperar, y todo explota.

Y ya no pude actuar y ya no me salía mentir y entonces me salía la rabia por los poros y se me formó un nudo en la garganta y las lágrimas amenazaron con dejarme en ridículo desde las esquinas de los ojos. Esa noche discutí mucho y callé mucho también, pero anduve de puntillas en el borde de la frontera entre la cordura y el desvaríe y mientras gritaba tonterías que en el fondo no significaban nada para mí intentaba librarme de toda la mierda que hacía que me dolieran las palabras al pasar por la garganta, anudada de historias que nunca terminan porque nunca empiezan. Miraba a los ojos de mis padres y por primera vez, en la vida creo, los vi hablar conmigo. Ya no discutían con una niña tonta que ha roto su juguete; intentaban hablar conmigo e incluso se preocupaban por lo atropelladas que iban mis palabras, por el grito ahogado que rasgaba algunas de ellas y hacía difícil que defendiera el que se suponía que era mi punto de vista. En realidad estaba pidiendo ayuda, gritando auxilio con cada cosa que no decía, pidiendo que me rescataran de aquel huracán que me zarandeaba y me hacía daño en las costillas.


Ellos intentaban hablar conmigo pero yo me di cuenta, mucho antes de lo que escribo, de que en realidad yo no hablaba con ellos. En realidad esa discusión no tenía nada que ver conmigo. En realidad solucionar aquel problema no iba a cambiar nada. Entonces lo supe. Seguía siendo una infeliz.