domingo, 7 de agosto de 2016

Eran algo más y yo era mucho más todavía

Esa noche habíamos salido a cenar. Mi madre había venido de la piscina de la comunidad con mi hermana y venía contenta. Se le notaba. Ella fue la que propuso que saliéramos y yo sugerí que fuéramos a comer sushi, porque de verdad me apetecía y porque hacía dos días que había terminado un examen y me había quedado con ganas de celebrarlo. Mi padre, que a esas horas del día ya formaba parte del hardware del ordenador, dijo que no vendría. No me sorprendió, solía hacer eso.

Durante años pensé que se escondía en el trabajo y se enterraba a sí mismo bajo demandas y escritos para huir de una vida que en realidad nunca había elegido y en él me vi reflejada, aunque yo solo tenía 18 años, y entré en una depresión silenciosa y camuflada que no me dejaba dormir por la noche y me obligaba a escribir un diario. De verdad me daba pena, pero ya no solo él, sino la vida en general. Era incapaz de mirar a los hombres y no sentir pena por ellos, pues sabía que más de la mayoría tenían un sueño frustrado detrás de la oreja. En realidad me pasaba cada vez que miraba a cualquiera que rondase los cincuenta años porque una parte de mí sabía que esa es una época en la vida en la que todo se tambalea. En realidad, mi padre y todos los hombres que miraban por la ventana en el autobús como si no se estuviera moviendo, me hacían darme cuenta de que aquello era inevitable.

Sabía que algún día me levantaría por la mañana y me daría cuenta de que mi vida ya no me pertenecía, que yo ya no sería aquella que una vez fui, que de todas maneras nunca había llegado a ser quien siempre había querido y que en cualquier caso, los sueños y los anhelos habían quedado ya lejos en la carrera de la vida. Porque el tiempo pasa y pasa para todos y los segundos se nos resbalan entre los dedos de las manos y el tiempo que queda, queda bajo la almohada, enterrado entre sueños y preocupaciones, lamentos de oportunidades ya perdidas.

Salimos a cenar sin él y fuimos andando porque el coche se había roto. Me hizo gracia que el coche estuviera roto porque tenía sentido sin tener ningún fundamento y porque como todo, son cosas que pasan. Nunca me había fijado en el camino que había recorrido tantas y tantas veces o quizá sí lo había hecho, probablemente cuando volvía borracha de la estación de tren, pero habría guardado esos pensamientos en algún rincón de la memoria y ahora emergían a la superficie como si les ahogara la espuma de las olas. Había una hilera de árboles, una sola hilera, de árboles altos y corrientes, nada especiales y ni siquiera bonitos, a la izquierda del camino separándolo del asfalto. A la derecha sólo había bloques de edificios: blancos, construidos, iguales, aburridos. Caminé por el centro de la acera, incapaz de apartar de la frente la idea de que esos árboles frente a esos bloques eran algo más y el hecho de que yo fuera andando en medio era mucho más todavía. Para mí, aquellos árboles eran lo que somos y los bloques lo que los demás queríamos que fuéramos. Los árboles habían sido plantados por hombres y regados por hombres, podados por hombres y cuidado por ellos, pero no dejaban de ser árboles y el primero era más alto y el segundo tenía las ramas dobladas y el último tenía el tronco amarillo. Los bloques eran todos iguales y tenías que acercarte a ver el número de metal sobre la puerta para saber de cuál de ellos estaban hablando. Eran tan blancos que parecía un rebaño de obejas. La colmena, ay, la colmena.

“¿Te has enterado de las fotos que ha puesto el alcalde en el centro de Sevilla? De verdad, este hombre cada vez me cae mejor.”


Intenté sacarle conversación a mi madre. Intenté hablar de algo con ella que no nos hiciera discutir. Pensaba que ella estaba de acuerdo conmigo en ese tema, que el amor es amor y sin que importe la forma es motivo de celebración. Ella no dijo nada. Miraba al suelo y asentía con la cabeza y mientras yo hablaba en realidad me preguntaba si lo que pasaba era que no estaba de acuerdo conmigo o si sencillamente no le interesaba. Quizá fuera una mezcla de ambos.