Esa noche habíamos salido a cenar. Mi madre había venido de la piscina de
la comunidad con mi hermana y venía contenta. Se le notaba. Ella fue la que
propuso que saliéramos y yo sugerí que fuéramos a comer sushi, porque de verdad
me apetecía y porque hacía dos días que había terminado un examen y me había
quedado con ganas de celebrarlo. Mi padre, que a esas horas del día ya formaba
parte del hardware del ordenador, dijo que no vendría. No me sorprendió, solía
hacer eso.
Durante años pensé que se escondía en el trabajo y se enterraba a sí mismo
bajo demandas y escritos para huir de una vida que en realidad nunca había
elegido y en él me vi reflejada, aunque yo solo tenía 18 años, y entré en una
depresión silenciosa y camuflada que no me dejaba dormir por la noche y me
obligaba a escribir un diario. De verdad me daba pena, pero ya no solo él, sino
la vida en general. Era incapaz de mirar a los hombres y no sentir pena por
ellos, pues sabía que más de la mayoría tenían un sueño frustrado detrás de la
oreja. En realidad me pasaba cada vez que miraba a cualquiera que rondase los
cincuenta años porque una parte de mí sabía que esa es una época en la vida en
la que todo se tambalea. En realidad, mi padre y todos los hombres que miraban
por la ventana en el autobús como si no se estuviera moviendo, me hacían darme
cuenta de que aquello era inevitable.
Sabía que algún día me levantaría por la mañana y me daría cuenta de que mi
vida ya no me pertenecía, que yo ya no sería aquella que una vez fui, que de
todas maneras nunca había llegado a ser quien siempre había querido y que en
cualquier caso, los sueños y los anhelos habían quedado ya lejos en la carrera
de la vida. Porque el tiempo pasa y pasa para todos y los segundos se nos
resbalan entre los dedos de las manos y el tiempo que queda, queda bajo la
almohada, enterrado entre sueños y preocupaciones, lamentos de oportunidades ya
perdidas.
Salimos a cenar sin él y fuimos andando porque el coche se había roto. Me
hizo gracia que el coche estuviera roto porque tenía sentido sin tener ningún
fundamento y porque como todo, son cosas que pasan. Nunca me había fijado en el
camino que había recorrido tantas y tantas veces o quizá sí lo había hecho,
probablemente cuando volvía borracha de la estación de tren, pero habría
guardado esos pensamientos en algún rincón de la memoria y ahora emergían a la
superficie como si les ahogara la espuma de las olas. Había una hilera de
árboles, una sola hilera, de árboles altos y corrientes, nada especiales y ni
siquiera bonitos, a la izquierda del camino separándolo del asfalto. A la
derecha sólo había bloques de edificios: blancos, construidos, iguales,
aburridos. Caminé por el centro de la acera, incapaz de apartar de la frente la
idea de que esos árboles frente a esos bloques eran algo más y el hecho de que
yo fuera andando en medio era mucho más todavía. Para mí, aquellos árboles eran
lo que somos y los bloques lo que los demás queríamos que fuéramos. Los árboles
habían sido plantados por hombres y regados por hombres, podados por hombres y
cuidado por ellos, pero no dejaban de ser árboles y el primero era más alto y
el segundo tenía las ramas dobladas y el último tenía el tronco amarillo. Los
bloques eran todos iguales y tenías que acercarte a ver el número de metal
sobre la puerta para saber de cuál de ellos estaban hablando. Eran tan blancos
que parecía un rebaño de obejas. La colmena, ay, la colmena.
“¿Te has enterado de las fotos que ha puesto el alcalde en el centro de
Sevilla? De verdad, este hombre cada vez me cae mejor.”
Intenté sacarle conversación a mi madre. Intenté hablar de algo con ella
que no nos hiciera discutir. Pensaba que ella estaba de acuerdo conmigo en ese
tema, que el amor es amor y sin que importe la forma es motivo de celebración.
Ella no dijo nada. Miraba al suelo y asentía con la cabeza y mientras yo
hablaba en realidad me preguntaba si lo que pasaba era que no estaba de acuerdo
conmigo o si sencillamente no le interesaba. Quizá fuera una mezcla de ambos.