En más de una ocasión he mantenido una conversación que me interesaba a
medias. Solo a medias, porque la mentira aburre y la verdad aburre el doble,
pero no puedo negar que a veces se encuentra uno a gente con la que merece la
pena hablar. No son muchos y no siempre van vestidos con la ropa que a mí me
gusta, pero existen (es verdad que a duras penas), pero están.
En más de una ocasión he hablado con gente que tenía una ideología
completamente opuesta a la mía. En otra etapa de mi vida, lejana en la memoria
pero no en el tiempo, habría pensando que estaban equivocados y que la razón la
tenía yo. Ahora sé que no existe tal cosa, que la razón no la tiene nadie y que
esa gente no estaba equivocada, solo era egoísta. ¿Cómo puedo yo decir quien
está equivocado y quien tiene razón cuando no existe nada parecido, cuando no
estamos hablando de Matemáticas sino de personas? ¿Cómo puedo pensar tan
siquiera que la ideología política de unos es mejor que la de otros si yo misma
pienso que la verdadera ideología política es inherente a la circunstancia de
la persona en cuestión? Que una cosa es lo que se diga y otra cosa lo que se
estaría dispuesto a hacer. Habla por los
demás y deja que tus actos hablen por ti.
En esta ocasión, estábamos hablando de Política y estábamos hablando de
Historia porque sabíamos que van de la mano, porque no tenía sentido hablar del
futuro en el presente sin mirar al pasado. Todavía hay gente (cuya conversación
no es tan interesante) que te salta con un “bueno, pero eso fue hace cincuenta
años, las cosas ya han cambiado, estamos hablando de ahora” o el típico “bueno,
pero eso nunca pasaría en España…” Lo primero es una tontería demasiado
evidente, lo segundo una realidad incómoda que lleva a error en la mejor de las
familias.
“Eso
nunca pasaría en España” lamentablemente solo puede aplicarse exitosamente
en los casos buenos, porque el avance y el desarrollo nunca pasarían en España, porque España coge una excusa y la quema
y luego utiliza la ceniza como excusa otra vez y luego se queja de que el
monóxido de carbono le ha empañado las gafas. Pero en lo malo no, en lo malo no
se cumple. Tiene el español el extraordinario don de imitar todo aquello
despreciable, deseoso de seguir ocupando el puesto número uno en la lista de
fracasos, envidioso de todo aquel que la pifia más sonoramente. La competición
de la miseria, la sinvergüenza y la “picardía” la gana España siempre. Y el
mundial de fútbol, eso también lo ganó una vez. La educación, la cultura, la
honradez, las oportunidades, el apoyo a los emprendedores, la democracia
efectiva… Eso son deportes de otra liga, pero bueno, yo creo que sabemos todos
ya que España va bien jodida en esto
del desarrollo.
Me gusta mirar atrás en la Historia, más bien lo necesito. Seré honesta, me
gusta porque me lo estudié y porque lo sufrí y me encanta descubrir las siete
mil millones de circunstancias diferentes en las que me ha sido útil, por eso
me sorprende y me entristece tanto escuchar tantas y tantas veces que la
Historia en los institutos no sirve para nada. Me entristece porque lo dicen
mucho, y no solo aquellos de los que me espero cualquier burrada, sino personas
que creía tenían más espíritu crítico. Luego pienso que quizá sea porque ellos
no han tenido la suerte, a ratos la desgracia, de tener un profesor de Historia
como el mío que trabajaba más que ningún otro, probablemente explicando la
mitad. Recuerdo que odiaba las clases en las que explicaba las cosas. Al principio
odiaba aquellas en las que no lo hacía pero luego me gustó eso de descubrir, de
investigar, de leer en quinientos libros diferentes, de juzgar el origen,
propósito, valor y limitación, de escuchar, de equivocarme… De aprender, al fin
y al cabo. Y es que son tan pocos los colegios los que se acuerdan de eso, de que al
final del día se trata de aprender, que cada día me siento más afortunada de
haber estudiado en el mío.
Pero el caso no es mi colegio, del que tendría que escribir una tesis de
seiscientos folios y no habría acabado de contar todo lo que aprendí, el caso
era la política y la Historia. (Ojalá pudiera escribir política con mayúscula,
como Historia y Filosofía y Medicina y Arte y el resto de patrimonio cultural,
pero soy española y me da hasta vergüenza utilizar la mayúscula para eso.) El
caso son las confluencias que más que confluencia me parece una eliminación de
la oposición, el caso es un illuminati
que va a arreglar España (espero que no diga que le basta con 900 horas de
trabajo). El caso es la ineptitud de unos aspirantes a gobernantes que no han
sabido gobernar. El caso es la falta de capacidad política, incompetencia en el
debate, pésimo discurso y peor negociación. El caso es que ya no queda nada: Gobierno, partidos, autoridades, servicios públicos…
Nada existe. Nadie está obligado a
nada; nadie quiere ni puede exigirle a otro su obligación (Azaña, 2000, pág.
575). El caso es un rojo que se tiñe de azul (que casualmente da morado,
espero que sea solo una caprichosa coincidencia). El caso es una ley electoral
que no nos pertenece a nosotros y no procede en nuestro tiempo. El caso es que
a España a falta de estudio no la gana nadie y eso se nota, arriba y abajo,
desde el primero hasta el último.
¡Cómo me gustaría invitar a los señores candidatos a la presidencia a una
clase de Historia de mi profesor! Que les explicase la dictadura del cirujano
de hierro, la Segunda República, la guerra civil, el Franquismo, la Transición…
Así que desde aquí les comunico a los señores candidatos que, aunque ellos no
hagan nada por mí, aunque les importe todo una mierda, aunque recorten en lo
que de verdad importa y se paseen en coches oficiales a terrazas para tomarse
quinientas relaxing cups of café con leche (como si tuvieran algo de lo que
relajarse) y no sean competentes ni para acordar quién va a formar gobierno
(aunque sea entre relaxing cup y relaxing cup), que tengo un montón de apuntes
de Historia de España y que si quieren se los presto (y sin intereses, vaya a
ser que los desahucien de la Moncloa, ¡menudo disgusto!). Espero que tengan
tiempo entre tanto viaje a Suiza y tanto blanqueo, tanta mentira y falso
compromiso y que se sienten a leer, aunque solo sea un poquito. Seguro que
descubren un montón de cosas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario